Hoy me inclino ante Ti, Señor,
con las manos vacías y el alma en silencio.
Te lo pido con la sencillez del que nada posee,
salvo el anhelo de parecerse un poco a Ti:
derrama en mí un poco de Tu amor,
para que, en mi fragilidad,
refleje al menos un destello de Tu luz.
Dame Tu inteligencia, Señor,
para discernir entre el bien que salva y el mal que hunde.
A veces la vida me envuelve en niebla,
y mis pasos titubean sin saber hacia dónde ir;
enséñame a ver con Tus ojos,
a elegir con Tu corazón.
Concédeme Tu sabiduría,
para apartarme de todo lo que me aleja de Ti.
Señor, lo confieso: soy débil,
mi ego aún teje prisiones en mi pecho,
y ya no quiero seguir cayendo en la sombra.
Libérame con Tu gracia.
Que Tu sentir habite en mi alma,
que mis actos nazcan de Tu misericordia.
Sé parte de mí, como yo ansío ser parte de Ti;
toma el timón de mis días,
guíame sin soltar mi mano.
Habita en este corazón,
que ya no es mío, sino Tu morada.
Conduce mi andar por caminos de paz,
y no permitas que me pierda de Ti.
Sé Tú mi aliento, mi norte, mi refugio.









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