Hoy mis pasos se detienen,
el sendero pesa como piedra y sombra.
Ya no quiero llevar mi propia carga,
ni fingir que sostengo lo que el viento arrastra.
Perdóname, Padre, por alzar murallas
donde solo cabía tu abrazo.
Hoy abro las manos, te entrego mi aliento,
dejo que tu voz me llame por mi nombre.
Ya no busco atajos ni caminos propios,
me entrego a tu rebaño, desnudo y sin defensa.
Sé mi Pastor, guíame por aguas quietas,
que tu vara y tu cayado sean mi refugio.
Quiero seguir tu huella, aunque sea en la niebla,
tomar la cruz no como peso, sino como abrazo.
No me sueltes, Padre, cuando el mundo grite,
que sin tu mano soy solo eco perdido.
Enséñame a morir a mi orgullo,
para nacer, cada día, en tu luz.
Perdóname cuando el miedo me ciega,
cuando mido tu gracia con vara humana,
cuando olvido que eres fuego en el invierno
y paz en medio de la tormenta.
Renueva en mí la fe que se dobla pero no se quiebra,
la que susurra tu nombre cuando todo calla.
Cuídame, Padre, como al rescoldo que nunca se apaga,
como a la semilla que espera bajo la tierra.
Nunca me sueltes, ni en la cima ni en el valle de sobras,
que tu amor sea el hilo invisible que me ata a tu pecho.
Hoy, mañana y siempre,
soy tuyo.
Mi buen pastor Amén.









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