Padre, déjame habitar tu aliento,
que tu presencia sea abrigo al alma mía;
no permitas que la sombra me alcance,
que tu luz sea el faro de mi camino.
En tus brazos quiero entregarme sin reserva,
y en tu cercanía hallar la paz que el tiempo niega;
líbrame de las redes que el acecho tiende,
pues soy frágil ave que teme a la tormenta.
No retires, Señor, tus ojos de mi vida,
que tu mirada es muralla contra el frío;
cuando el silencio me envuelva en soledad,
susurra mi nombre y recuérdame: “Estoy contigo”.
No ocultes tu poder, déjalo brillar,
que los pensamientos errantes no aniden en mi mente;
hazme contemplar tu gloria sin fronteras,
pues solo en tus manos late mi destino.
Sé mi brújula, llévame a tu verdad,
que mis pisadas se fundan con tu andar;
que mente y espíritu tejan un solo latido,
porque Tú eres, y serás, por siempre.
Padre, no anhelo más que tu presencia,
única y eterna, mi refugio y mi aliento.









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