Señor, sé mi refugio cuando sobra la dicha,
y también cuando el yermo me despoja de aliento.
Mi alma te llama con voz de sed antigua,
mi corazón te implora: ven, habita en mi pecho.
En cada tribulación elevaré mi clamor,
en la noche más honda, mis ojos te buscarán.
Aunque mis sentidos no alcancen tu rostro,
sentiré tu presencia: siempre estás conmigo.
Y cuando la abundancia derrame su copa,
no dejaré que mi lengua olvide tu nombre.
Pues tu voluntad es camino de bien incesante,
y en tu bendición, Señor, late mi paz.
Señor, sé mi refugio, mi sombra y mi aurora,
tu presencia es bálsamo que calma mi dolencia.
No me sueltes la mano, no me dejes ir solo:
sé mi refugio… por siempre. Amén.









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